¿Cómo saber qué sintieron, pensaron y padecieron los habitantes de Toribío cuando fueron bombardeados con pipetas de gas por las Farc? Tal vez dimensionar el dolor, la impotencia y la pérdida de estas familias que como miles de colombianos también fueron víctimas de la demencia de las Farc.
Una aproximación de lo que significa esta tragedia para el país, es el diario sobre el terror que vivió el sacerdote Juan Antonio Sozzi y que fue publicado por la revista Cromos en su más reciente edición. Por considerarlo un documento valioso y un testimonio emotivo, reproducimos esta publicación.
Juan Antonio Sozzi, sacerdote italiano y vicepárroco de Toribío, escribió un diario de doce páginas sobre la toma de las Farc a ese municipio del Cauca. Con alma de reportero, este misionero tomó fotografías durante los cinco días de pánico que vivieron los 2.500 habitantes del pueblo. Testimonio inédito.
Tiene 40 años y llegó a Toribío en enero de este año para integrar la misión de la Comunidad de la Consolata, que acompaña hace 21 años a los indígenas paeces en esta zona del Cauca. En su computador portátil escribió este relato, que detalla paso a paso la toma guerrillera, y lo utilizará para denunciar en todo el mundo la gravedad del conflicto colombiano.
Jueves 14 de abril de 2005
El día de la toma
No faltaban muchos minutos para las seis de la mañana cuando empezó la toma. Yo estaba todavía en la cama, a punto de levantarme… El tableteo de las ametralladoras de los policías, apostados en trincheras en varias partes del pueblo, era impresionante. El volumen de fuego era mayor del que había escuchado en otros hostigamientos de la guerrilla, a los que ya me había acostumbrado a pesar de llevar tan sólo cuatro meses en la parroquia.
Me asomé al patio del Cetepan (Centro de Teología y Pastoral Nasa) para ver cómo estaban los catequistas que desde hacía más de una hora se habían levantado. Los vi calmados: unos saliendo de la ducha y otros lavando su ropa como si nada estuviese sucediendo. Regresé a mi pieza para lavarme y vestirme mientras que afuera el estruendo de la guerra no parecía querer disminuir.
Cuando faltaban cerca de quince minutos para las siete… se acerca José Antonio, con su tranquilidad india y su experiencia en tantas refriegas armadas y me trae el primer reporte: "Están disparando desde todos lados, creo que la guerrilla ya está en el pueblo o está muy cerca...".
Me encuentro con el padre Ezio (Roattino) con su inseparable shigra (mochila) al hombro. "¿Qué hacemos -le digo-, es casi la hora de la oración, nos vamos a la capilla?". En situaciones como estas hay que rezar y además la capilla del Santísimo, conocida con el nombre de "Roattina", es uno de los lugares más seguros de la casa.
Cuando estábamos reunidos allá empezamos a oír las primeras explosiones lejanas… cayó la primera pipeta. El estruendo fue terrible... los cristales del templo volaron en mil pedazos y en la sacristía se oían los gritos de María Esperanza en la cocina. Salimos para ver si estaba herida, pero nos tranquilizamos al ver que sólo era el susto.
"Me fui a la cama cansado y sin hacer nada...
sólo correr y correr, con la angustia de saber que las balas y las pipetas
corren más que uno".
Decidimos regresar a la "Roattina" y allí nos alcanzó la segunda pipeta. Fue mucho más violenta que la primera. La explosión apagó las luces, la tierra se estremeció como si se tratara de un temblor y escuchamos el ruido de un derrumbe prolongado. Salimos de la capilla. Desde las ventanas de la iglesia, sin cristales, me pude asomar al patio de la casa cural: todo eran ruinas.
Nos dirigimos al Cetepan para tratar de ampararnos debajo de las planchas de hormigón que sostienen el segundo piso. La puerta de la calle se había abierto y fueron llegando algunos vecinos buscando un techo más sólido…
En este punto llega la noticia, traída no sé por quién, de que la guerrilla había decretado un cese al fuego de 20 minutos para permitir que la población civil saliera del pueblo. Me fui a la pieza y sólo se me ocurrió agarrar los fármacos para la diabetes, la cartera con los documentos, la plata... y, como me la encontré al lado de los fármacos, también cogí la cámara digital. El padre Ezio se llevó la eucaristía...
Salí con un segundo grupo de personas amparado por una sábana blanca… Cogimos el camino que lleva a San Francisco con la intención de detenernos en el Cecidic (Centro de Educación, Capacitación e Investigación para el Desarrollo de la Comunidad). Sin embargo, al alcanzar la calle que sube al barrio Coronado, vimos que desde arriba mucha gente nos hacía señas de que fuéramos para allá...
Allí estaba buena parte de la población… estaban también las autoridades que ya se habían comunicado con la Policía y con los jefes guerrilleros para que respetaran esa zona de refugio… y por la calle de abajo vimos a varios guerrilleros con las pipas al hombro: cilindros de gas a los que les habían aplicado unas aletas en la parte posterior y un cono en la parte anterior.
Todos llevaban camisetas blancas, yo tenía pantalón verde y una camiseta azul oscuro. Le pregunté a Marta, que había aparecido arrastrando sus dos hijos menores, si yo tenía pinta de guerrillero o militar. "No, padre, se ve clarito que usted es el padre". Me quedé con la duda si igual de clarito me hubieran reconocido desde los helicópteros artillados que empezaron a sobrevolar…
Invitaron a todos los presentes para que entraran en la casa del ex alcalde Gabriel Paví...Dos cuadras más allá la guerrilla había montado uno de los lugares desde donde se lanzaban pipas hacia el puesto de policía. Otro estaba por el lado del cementerio y otro más en la escuela que quedó muy averiada, además de saqueada.
En el interior, el padre Ezio organizó el rezo de un rosario. Una pipeta, lanzada por el lado del cementerio… explotó unas tres cuadras detrás de nosotros, muy próxima a la otra rampa desde donde los guerrilleros estaban lanzando…
El relato del padre Sozzi fue publicado en la revista de los consolatos y enviado por internet a sus amigos en todo el mundo.
Acababa de terminar el rosario cuando una explosión sacudió la casa: una granada del Ejército disparada, suponemos, desde el puesto de policía pero caída a tan sólo 10 metros de la casa...
En ese momento se decidió abandonar ese lugar para tomar el camino del Cecidic… El alcalde y el proyecto Nasa pusieron a disposición la chiva para el traslado de la población... el centro ya estaba lleno de gente, muchos al frente del único teléfono satelital que funcionaba tratando de ponerse en contacto con los familiares...
... El cielo se pobló de helicópteros y las ráfagas se hicieron más intensas y violentas. Luego, en dos puntos de aterrizaje, uno de los cuales bastante próximo al Cecidic, empezaron a tomar tierra los helicópteros y a descargar soldados y material de guerra…. Tardaron poco menos de un par de horas para retomar el control de la situación.
La guerrilla que había venido pertrechada para varios días de bombardeo y con la firme intención de destruir el puesto de policía, probablemente no se esperaba una respuesta de este tipo y tuvo que replegarse, abandonando un discreto arsenal de pipas sin utilizar. (En la anterior toma, en 2002, la guerrilla bombardeó a la policía durante 24 horas y ninguna tropa había desembarcado)...
… Anocheció y se sirvió la cena para todos… Eran tan sólo las siete y media de la noche cuando me fui a la cama, cansado y casi rendido. Y sin hacer nada en todo el día... sólo correr y correr con la angustia de saber que las balas y las pipetas corren más que uno mismo.
Viernes 15 de abril de 2005
Sueños quebrantados y esperanzas ilusorias
Bien madrugados tomamos el camino del pueblo, el paisaje era desolador: el olor a quemado estaba en todas partes, las calles estaban llenas de escombros, había casas completamente destruidas. El aspecto de la parroquia, especialmente de la casa cural, tampoco era muy bueno…
Las puertas estaban torcidas y ninguna ajustaba; acompañado por el alcalde (Arquímedes Vitonás), al que he encontrado barriendo al frente de la Alcaldía, entré en lo que quedaba de la casa colindante a la parroquia... Las Fuerzas Armadas estaban en todas partes, los altos mandos militares estaban con abundante escolta…
Aquella noche dormí en mi cama: por la ventana sin cristal entraba una brisa fresca pero el calor de la cobija me recordaba que estaba vivo".
(En) la pieza del padre Rinaldo (Cogliati) el boquete era más pequeño y redondo, los ladrillos habían aterrizado encima de la cama que utilizaba el padre Peter, aplastándola completamente… En la pieza del padre Antonio las cosas parecían estar un poco mejor, todo estaba cubierto de polvo y de escombros pero la pared del fondo no se había derrumbado. Eso sí, estaba totalmente cuarteada... Había una fisura de por lo menos quince centímetros de ancho que separaba la pared del techo de la casa… Las dos oficinas de Italia Solidaria estaban también en ruinas, los zapatos para los niños beneficiarios del proyecto estaban desparramados en todas partes …
El gobernador del Cauca estaba en el pueblo desde la noche anterior y a media mañana, en el más completo sigilo, aparece también el Presidente de la República. Estaba yo en ese momento recogiendo escombros de la casa cural cuando la gente se puso a correr.
En poco tiempo se reunió una gran multitud y al pie del único y frondoso árbol de la plaza, rodeado de militares y de policía, se divisa la figura pequeña, delgada y frágil del presidente Álvaro Uribe, con sus gafas que me parecieron más grandes de lo necesario y un sombrerito de paja.
No me detuve para escuchar el discurso: el ruido de los helicópteros, que sobrevolaban nerviosos y con aire agresivo, cubría con creces lo que se lograba oír desde el megáfono con las pilas destempladas que le suministraron…
Al día siguiente supimos, por los habitantes de las veredas, que esta actuación del Presidente enfureció no poco a los guerrilleros: "Ahora sí se prendió la guerra y no va a haber compasión ni para la población civil" -me comentaban-. Los hechos de los días siguientes confirmaron en parte esta triste predicción.
A pesar de tanta destrucción, el pueblo era un auténtico frenesí: los que tenían la suerte de no haber perdido nada, estaban ayudando a los que lo habían perdido todo… Se trabajaba con el ansia de borrar, lo más rápidamente posible, los recuerdos físicos del desastre... Me atrevería a decir que fue un día alegre: había desaparecido la máscara de terror que estaba esculpida en el rostro de todos el día anterior y el recuerdo de los muertos casi parecía lejano.
El ambiente que se respiraba en la parroquia era el mismo: trabajamos todo el día en remover escombros, recoger cristales rotos y limpiar la casa. Disfrutamos intensamente de una ducha restauradora y, a la hora de siempre, la campana del templo sonó para convocar a la celebración de la eucaristía. Fue la primera misa que se celebró después de la toma…
Aquella noche dormí en mi cama: por la ventana sin cristal entraba una brisa fresca pero el calor de la cobija me recordaba que estaba vivo, sin un rasguño y en mi casa. Muchos otros no habían corrido con igual suerte.
Sábado 16 de abril de 2005
El día de la gran estampida
...El mercado se levantó colorido, bullicioso… El padre Rinaldo llegó con el maestro de obras y, después de un desayuno frugal, todos se montaron en el techo para ver cuántas tejas se podían salvar…. Por la tarde nos alcanzó nuevamente la guerra. Las noticias más terribles nos llegaban desde las veredas Tacueyó y Puente Quemado: "Los guerrilleros están bravísimos... bajan con pipetas... mandan decir que para las cuatro de la tarde todo el mundo tiene que estar afuera del pueblo...".
El padre Ezio me llega a la pieza y en voz baja me dice: "Hay que empacar por si acaso se confirman las voces que corren, yo voy a una reunión en la Alcaldía, allá vamos a decidir qué hacer... lo que hagamos hagámoslo unidos, es la única forma de enfrentar esta emergencia. Tú avisa a los otros de la casa para que ellos también se preparen para evacuar"...
… Y sonó el primer disparo... el primer bombazo... Ahí fue la estampida. Todos se montaron al carro de la parroquia, manejado por Marta… y salimos hacia el Cecidic… (Allá) hubo que organizar una cena de emergencia, se pudo hacer la colada para los pequeños y el agua panela para los mayores. Yo me fui a la cama en ayunas. La amenaza efectivamente no fue grave, pero las pipetas sí que volaron. Afortunadamente no añadieron más daños a los que ya había.
Domingo 17 de abril de 2005
La batalla enfurece, la sociedad civil se organiza
La mañana fue tranquila hasta las diez de la mañana, la hora de la misa. Con el padre Ezio habíamos decidido suspender la misa de la vereda de Natalá, por la tarde, ya que aquel sector estaba repleto de guerrilla en pie de guerra y también suspendimos la de la seis de la tarde en el pueblo: "Nadie tendrá ganas de salir por la noche con tanto ejército y tanta guerrilla al acecho"…
Estaban proclamando la primera lectura cuando se escucharon tres disparos secos en la parte de atrás del templo. Ahí empezó un tiroteo bastante intenso...
Se estaba cantando el aleluya cuando veo asomarse por la puerta de la sacristía a una señora muy asustada… un francotirador de la guerrilla les había disparado a dos policías que estaban fuera de la trinchera hiriéndolos de gravedad. Nos pasamos todos a la capilla "Roattina", más segura y allí continuamos con la misa.
Me tocó proclamar el evangelio del Buen Pastor mientras afuera sonaban los tambores de la guerra. No fue fácil. Menos hacer la homilía con el mismo martilleo. Al momento del ofertorio las cosas parecían calmadas por lo que la gente pudo regresar a sus casas tranquilamente...
... Supe que el padre Ezio se había ido al hospital con los dos policías heridos... Él mismo nos contó más tarde que el primero llegó prácticamente muerto y al otro se lo llevaron en un helicóptero... nos llegó la noticia desde Cali que también murió…
Al final llegamos los dos (con Ezio) a San Francisco y él presidió la misa. Cuando todo estaba tranquilo… nos volvimos a bajar. En el Mitsubishi llevado por Marta yo manejé la bandera blanca bellamente confeccionada con un mango de escoba y una vieja toalla; en el Vitara manejado por Ezio, en lugar de bandera la estola blanca cumplió a la perfección su cometido… llegamos al Cecidic.
Este fue el día en que la organización indígena, con su fuerte tradición de resistencia, empezó a reaccionar… En el Cecidic los alimentos no faltaron, trasladados desde las tiendas de los cabildos de Toribío y San Francisco… la guardia indígena se movilizó… y se anunció para el día siguiente la llegada de sendas caravanas de todos los resguardos del Norte del Cauca, para manifestarse por la paz y la autodeterminación frente a los actores armados.
El padre Sozzi viajó a Jambaló para enviar por internet este relato, pero allá lo sorprendió otra toma guerrillera. Esa parte del diario está aún en borrador.
Revista Cromos.