Ejercito Nacional de Colombia

Viaje al centro del desminado humanitario

El Ejército ha logrado devolver la tranquilidad a unos pobladores que no podían caminar en paz.
Los paisajes del Caquetá quitan la respiración. Vamos de camino a una vereda, a poco más de una hora de Florencia, la capital, que en los tiempos de esta guerra que todavía no termina la pasaba mal. Se llama La Montañita. Había combates permanentes, minas antipersonales sembradas en los campos, miedo de salirse de los caminos, cultivos abandonados.

RCN Radio viajó hasta el Caquetá, que según estadísticas del gobierno es uno de los departamentos más afectados por las minas: 926 víctimas, entre heridos y muertos, entre 1991 y 2017. Cayeron civiles y militares. Pero las cosas están cambiando.

El 6 de agosto del 2016 el presidente Juan Manuel Santos activó la Brigada de Ingenieros de Desminado Humanitario. Son militares, pero el uniforme no es camuflado, no llevan armas y se transportan en vehículos blancos, que a la distancia bien podrían confundirse con carros de la cruz roja.

Todo tiene un sentido: estos militares dependen de la confianza que puedan lograr con la población civil de las zonas que van a intervenir. La gente, los campesinos, no los ven como una posible amenaza, como hombres armados que llegan a imponer la fuerza y el orden. No. Estos militares tienen otra misión: Salvar vidas, como se lee en el brazo derecho de su uniforme azul oscuro.

Los desminadores han logrado permanecer en terrenos potencialmente minados porque la guerrilla se movió a las zonas de concentración.

En el Caquetá opera el Batallón de Desminado No 1, que ya comenzó un trabajo que tardará años y que se resume en una palabra: paciencia. En marzo llegaron 40 hombres del batallón que ya trabajan en el terreno. Viven en un campamento que ellos mismos levantaron. No podrán volver a sus casas hasta que no terminemos los metros que tienen asignados: poco más de 10 mil. En otros años, antes del proceso de paz, era imposible para un militar transitar por estas montañas. Ahora duermen desarmados en la ladera de una montaña que de noche es tan oscura como una cueva.

Allí me recibe el sargento viceprimero Calixto Guerrero. Mide 1.80, viste polo negra y pantalones caquí. Salimos a caminar por los senderos permitidos. No dejo de pensar si esto es seguro, si caminar por estos campos que no conozco no representa un riesgo.

El sargento va adelante, un paso más allá, y pisa firme, tranquilo. A lo lejos veo una casa. Acá, en estos caminos llenos de sorpresas, trabajan campesinos. El primer paso, decía, es la confianza. Los pobladores saben, o sospechan, cuáles podrían ser los campos minados.

Caminamos hasta aquella casa que vimos antes. La dueña es María, víctima de una mina en un sendero cercano. Salió a llevar a su hijo al colegio, se desvió en un despiste, un perro pasó a su lado y de pronto oyó una explosión. María tuvo suerte, el perro murió y recibió el impacto de las esquirlas. Vivir entre el pánico permanente, caminar presintiendo que este paso puede ser el último.

Hace calor, la temperatura se acerca a los 33 grados. Los soldados que desminan son profesionales, jóvenes, algunos de 20 años. Trabajan de lunes a sábado, ocho horas al día, empezando a las 6:30 de la mañana.

El gobierno dice que en 2021 el país debería estar libre de sospechas de minas. Es difícil creer que esa fecha podrá cumplirse. Uno de los grupos trabaja en desminar 6 mil 379 metros. Y tardarán meses en completarlos. El sargento Guerrero explica que es imposible determinar fechas exactas. Depende de muchos factores que no se pueden controlar, como el clima.

En la montaña, en un terreno difícil, con una maleza espesa, un grupo de desminadores trabaja desde las 6:30 de la mañana. Nos acercamos ya al medio día. El chaleco que los protege de las minas es azul, pesa 4 kilos, cubre el pecho y los muslos. En la cabeza llevan una especie de casco similar al de un soldador.

Pienso en el calor que deben sentir y en lo valientes que son. En la mano derecha el desminador tiene un detector. Pesa dos kilos 700 gramos. Lo miro desde la distancia. El detector emite un sonido que parece el de un delfín, que sube y baja. Ha detectado algo. El desminador para, se agacha lentamente, corta la maleza y vuelve a pasar el detector. Sigue sonando.

Después de varios minutos del mismo ejercicio, encuentra lo que suena: es una tapa. Puede seguir. ¿Pero si hubiese sido una mina? El Sargento Guerrero cuenta que todos los artefactos que encuentren deben desactivarlos. Incluso, si el caso lo amerita, pueden usar explosivos. Desminar es complejo por el terreno, pero también porque cualquier metal en el suelo puede activar el detector. Y todo hay que examinarlo con pinzas. El Teniente Diego Preciado, que trabaja de la mano con el Sargento Guerrero, dice que las minas son enemigos perfectos. No se cansan, no sienten hambre, ni frío, ni calor, siempre hacen caso. Duran años. Son pacientes.

De camino a Florencia recuerdo que estos hombres no podrán volver a sus casas. Uno de los desminadores, un Cabo, tiene un hijo que no conoce. Nació cuando él ya estaba en La Montañita jugándose la vida, desminando un terreno que sigue siendo peligroso.

Estos hombres han logrado devolver la tranquilidad a unos pobladores que no podían caminar en paz.