Detrás del uniforme y de la disciplina impecable que rige los días en el cantón, late el corazón de una historia que mezcla la mística de las armas con la sensibilidad del servicio social. La soldado de 18 meses Karol Yesenia Araque Rodríguez no es una recluta común en las formaciones del Tercer Contingente de 2025; a sus 23 años, esta bogotana que lleva con orgullo la herencia y la sangre trabajadora de los boyacenses, camina con la doble investidura de quien porta el camuflado y ostenta un título profesional en Trabajo Social.
Su llegada a la institución no fue una coincidencia ni una decisión de última hora, sino el cruce perfecto entre la profunda admiración hacia un tío que en su momento vistió el uniforme y el deseo genuino de poner sus conocimientos al servicio de la comunidad.
El camino no ha sido sencillo. Convertirse en la primera mujer de su familia en asumir la vida militar supuso romper moldes y enfrentarse a un entorno donde el carácter se forja a pulso entre formaciones, marchas y dinámicas diarias.
Para la soldado Karol cada jornada representa una escuela de resiliencia física y mental, una convicción profunda de que el dominio de uno mismo en la adversidad es la llave para abrir cualquier puerta en el futuro.
Desde su lugar de trabajo en la sección de Talento Humano (C1) del COREC, sus días transcurren entre el cumplimiento del deber como soldado y la gestión del bienestar para el comando, aplicando las herramientas de su carrera civil para escuchar, organizar y fortalecer el tejido humano de la unidad, demostrando que la fuerza de un batallón también se construye desde la empatía.
Sin embargo, el verdadero motor de la soldado Araque se encuentra lejos de los manuales de instrucción y las órdenes del día; habita en las promesas sagradas que le dan sentido a cada gota de sudor. Su servicio es el puente para transformar el destino de su hogar, para brindar un mejor porvenir a sus hermanas y, de manera muy especial, para materializar el gran sueño de su madre: ver levantada una panadería propia, construida con el esfuerzo de la familia.
Esa motivación se complementa con un pacto silencioso que lleva grabado en el alma. Durante su tiempo prestando el servicio militar, debió afrontar la partida de su abuelo paterno, el hombre que guardaba el orgullo más inmenso al verla marchar y quien anhelaba presenciar su evolución institucional. Aunque hoy su ausencia pese en las formaciones, la soldado Karol ha transformado ese dolor en una guía espiritual, con la certeza de que cada logro alcanzado es un tributo que asciende directo al cielo. Con la mirada firme en el horizonte y la determinación de quien ha vencido el miedo, su meta es clara: continuar la carrera militar como oficial administrativa, consolidando de por vida esa unión entre el Trabajo Social y la patria.