Ejercito Nacional de Colombia

Recuerdos de un triste adiós

Crónica inspirada en el relato del soldado voluntario Juan José Masías, Batallón de Contraguerrillas n. 46 Héroes del Saraguro.
Corría el 19 de mayo de 1999. En medio de la maraña, agitados y con el camuflado empapado por el sereno de la noche, amanecimos sobre una loma que dejaba ver al fondo un pequeño caserío. Según las indicaciones del puntero de la patrulla, se trataría de El Tablazo, un asentamiento de colonos que desde hacía varios años había ido creciendo en el lugar.
Justo en frente del caserío, como serpiente de polvo, se extendía una carretera que comunicaba la capital de Norte de Santander con los pueblos de la región del Catatumbo. Este lugar se había convertido en un verdadero peligro para uniformados y civiles que pretendían transitar por la polvorosa trocha, que servía de paso para toneladas de droga, contrabando de cualquier tipo, armamento y tractocamiones dedicados al transporte del crudo proveniente de los pozos petroleros que brotaron en la selva.
Ese día teníamos la misión de despejar la carretera de cualquier amenaza de explosivos, para que pudiera pasar con tranquilidad una caravana de camiones cisterna represados en el municipio de La Gabarra. Habían estado represados por amenazas del frente de guerra nororiental del Eln, lo que hacía imposible que miles de galones de crudo abastecieran las plantas refinadoras.
Como era costumbre, iniciamos el registro perimetral del área con la ayuda de mi canino Fénix, mientras yo hacía un barrido visual de la trocha para identificar cualquier objeto o alteración en la arena o el monte que crece a los costados. Recuerdo haber silbado a Fénix para que regresara al perímetro inicial, porque se estaba apartando demasiado. Esa sería la última vez que vería a mi querido amigo corriendo hacia mí.
Recuerdo claramente esos últimos instantes. Traía su lengua afuera y podría decir con toda seguridad que su hocico mostraba una sonrisa como siempre lo hacía cuando lo llamaba, porque así nos entendíamos los dos luego de esa sociedad que forjamos desde que lo recibí para entrenarlo, cuando tan solo tenía un año de edad y puntiagudos dientes que dejaron la marca de lo que para él era un inocente juego, al que poco a poco me fui acostumbrando.
El tiempo pareció correr con lentitud en ese instante, mientras recordaba tantos momentos del día a día con Fénix, momentos que antes no habían ocupado mi atención, pero que ahora volvían a mí mientras que de la tierra amarillenta brotaba un volcán de pólvora y esquirlas que envolvían a mi peludo amigo en una lúgubre sombra solo conocida por los militares que hemos sobrevivido a un campo minado.
En efecto, las patas de Fénix activaron el primero de seis artefactos explosivos que para suerte nuestra y desdicha de mi Fénix iniciaba en el punto donde él pisó y terminaba 200 metros adelante. Quedamos aturdidos con la onda expansiva y algunas esquirlas de metal derretido y convertido en magma que lograron alcanzarnos.
Un sonido agudo y prolongado apareció de inmediato en mis oídos. Era una especie de pito que no paraba de sonar en mi cabeza y que me atormentaba tanto como cuando parpadeé unos instantes y perdí de vista para siempre la figura de Fénix. Se esfumó de este mundo. Quedó en átomos volando, como dice una de las estrofas del Himno Nacional:
Y fue así como esa tarde del 19 de mayo de 1999, un teniente, dos sargentos viceprimeros y 23 soldados lloramos como niños la pérdida de Fénix. Yo lloré por haber perdido quizá lo más cercano que tenía a un hijo en ese momento, pero creo que el resto de mis compañeros lloró de coraje e ira, porque la muerte de Fénix era un anuncio de lo que nos esperaba más adelante, a donde ahora tendríamos que llegar sin él.