Más de 200 alumnos de la Escuela Militar de Suboficiales afinan los últimos detalles de sus ensayos para rendir homenaje al pueblo colombiano en una edición histórica del desfile, que este año llegará a Ciudad Bolívar.
Las tradiciones no sobreviven por el simple paso del tiempo, sobreviven porque cada generación decide hacerse responsable de ellas. Este 2026, esa tradición además cambiará de escenario: el desfile militar y policial del 20 de Julio dejará atrás los corredores tradicionales del norte de Bogotá y avanzará por la avenida Villavicencio, en el sur de la capital, atravesando los barrios El Perdomo, Madelena, El Ensueño y Candelaria La Nueva. Allí, entre las familias que saldrán a las calles a ovacionar a la Fuerza Pública, marchará también un bloque que lleva semanas preparándose para ese momento: la banda de guerra de la Escuela Militar de Suboficiales Sargento Inocencio Chincá, EMSUB.
Mucho antes de que el primer redoble rompa el silencio de la fiesta patria, esa agrupación ya lleva semanas ensayando. Primero lo hizo bajo el intenso calor del Fuerte Militar de Tolemaida, donde el termómetro supera con facilidad los 39 grados, y cada jornada pone a prueba la resistencia física y mental de quienes la integran. Hoy el escenario cambió: los alumnos ya están en Bogotá, ajustando los últimos detalles para desfilar frente a un público que nunca antes había tenido a la banda tan cerca de casa. El calor quedó atrás, pero la exigencia sigue siendo la misma: alcanzar una sincronía impecable para rendir homenaje al pueblo colombiano.
Cada jornada comienza igual. Una voz de mando rompe el silencio, los alumnos alinean la formación y los tambores marcan el primer compás. Si uno falla, todos vuelven a empezar. Esa es la esencia de una cofradía que exige mucho más que aprender a interpretar un instrumento. Aquí, los alumnos combinan la exigencia de su formación como futuros suboficiales del Ejército Nacional con la disciplina del aprendizaje musical, la marcialidad y la mística que durante décadas han distinguido a una de las bandas de guerra más representativas del país.
Aunque la EMSUB nació en 1914, su Banda de Guerra se fundó en 1970 en Popayán, liderada por el hoy Mayor retirado Hernán Rubiano en sus años de alumno y primer tambor mayor. Dos décadas después, en 1990, Rubiano regresó a la Escuela —ya reubicada en el Fuerte Militar de Tolemaida— con la tarea de reorganizar el bloque musical. Su esfuerzo consolidó un hito el 20 de julio de 1991: la primera participación de la banda en el desfile de Bogotá, marchando con un imponente bloque de más de 700 alumnos.
«En ese desfile de 1991 no había una banda que nos igualara; nuestra presentación callaba cualquier otra agrupación», recuerda el Mayor (R) Rubiano. «Era un bloque inmenso, armonioso y con mucha milicia. A los jóvenes se les notaba la vocación de servicio y el amor por la patria, por donde pasábamos, éramos ovacionados y queridos por la gente. Hoy la banda sigue gozando de ese prestigio, pero nunca habrá una como esa».
Hoy esa historia continúa escribiéndose con jóvenes de todas las regiones del país, para quienes pertenecer a la banda significa entender que el esfuerzo individual solo tiene sentido cuando fortalece al grupo, y que cada redoble representa el compromiso de quienes eligieron servir a Colombia desde la suboficialidad.
José Barbosa Monsalve, director de la banda, conoce mejor que nadie el valor de esa herencia. Lleva 29 años dedicado a la formación de bandas marciales y desde muy joven escuchó hablar del prestigio de esta agrupación. Hoy, convertido en su director, asegura que el mayor desafío no es preparar un desfile, sino custodiar una historia: «Cada ensayo nos recuerda que recibimos un legado construido por generaciones y que nuestra responsabilidad es entregarlo fortalecido a quienes vendrán después. Esa es la verdadera misión de esta banda».
Esa misma historia también puede contarse a través del alumno Jorge Quintero Rico, bastonero mayor de la banda. Nació en Bogotá y, desde niño, asistir al desfile militar del 20 de Julio hacía parte de los planes familiares. Entre todos los bloques había uno que siempre observaba con emoción: el de las bandas marciales. Lo que nunca imaginó es que años después dejaría de observarlas desde la acera para convertirse en el responsable de conducirla frente a miles de colombianos, y menos aún que ese honor le tocaría vivirlo en un recorrido completamente nuevo, por calles que nunca antes habían visto pasar a la agrupación.
Hoy marcha al frente de una formación que no admite distracciones. Cada movimiento de su bastón marca el ritmo de la banda, y detrás de él avanzan decenas de compañeros que confían en su liderazgo. «Muchos creen que quien va adelante disfruta el desfile, pero la realidad es distinta. Uno marcha completamente concentrado, porque detrás vienen los compañeros confiando en cada movimiento del bastón y el cansancio pasa a un segundo plano cuando entiendes que representas el esfuerzo de toda una generación de alumnos. Para mí es un orgullo inmenso llevar el mando de una tradición que admiraba desde niño y rendir homenaje a Colombia este 20 de julio», afirma.
Para el coronel Gabriel Alexander Ramos, director de la Escuela de formación, la banda constituye uno de los patrimonios más valiosos de la institución porque refleja la esencia de la formación militar y el compromiso de quienes integran sus filas: «El verdadero poder de esta banda está en que reúne el talento, la disciplina y los sueños de jóvenes de todos los rincones de Colombia para convertirlos en un solo propósito. Cada promoción recibe una tradición que tiene la responsabilidad de conservar y entregar fortalecida a la siguiente. Esa es la esencia de nuestra banda de guerra y uno de los mayores orgullos de la institución».
Este 20 de julio, ese bloque de más de 200 jóvenes recorrerá las avenidas capitalinas interpretando las notas marciales que evocan las gestas libertadoras y honran a quienes hicieron posible la independencia de Colombia.
Cuando la banda haga su ingreso al desfile, se recordará que la disciplina también puede escucharse y que el orgullo de ser colombiano se expresa, muchas veces, en la armonía de quienes marchan para rendir homenaje a la nación.
La invitación es a izar con orgullo el pabellón nacional y salir a las calles y a unirse en esta fiesta nacional, donde el sonido de los tambores anunciará la llegada de esta banda cincuentenaria.